22 marzo 2013

El árbol solitario



Desde que era capaz de recordar siempre había estado solo. Algunas veces, no obstante, tenía pequeños atisbos de sucesos muy lejanos, como flashes que le transportaban a momentos de gran angustia en los que unos hombres armados con unas máquinas que parecían rugir segaban la vida a los enormes y longevos árboles que eran su pueblo. Él era tan pequeño que ni siquiera repararon en su existencia, quizá por eso se salvó… No sabía si era una pesadilla o un recuerdo real.

Su vida transcurría en la cima de su montaña, bajo el sol implacable unos días, el agua justa para mantenerlo con vida y el viento casi siempre constante que obligaba a sus raíces a agarrarse fuertemente a la tierra para no ser arrancado. No se podía decir que su vida fuera fácil.

No obstante se sentía satisfecho y agradecido. Gracias a él muchos caminantes que pasaban por allí eran capaces de orientarse en su camino, era como un faro para ellos. Algunos, se acercaban hasta él para contemplar el horizonte y aprovechaban para descansar a su sombra, apoyados contra su ya viejo y arrugado tronco. Algunas avecillas habían hecho sus nidos entre sus fuertes ramas, mientras que algunos pequeños animalillos venían a visitarlo y a comer del alimento que de él caía.

“No me puedo quejar”, se decía a sí mismo, después de todo no estoy tan sólo y, además, parece que soy útil a muchos otros seres… Mas eso no le evitaba pensar de vez en cuando qué agradable sería vivir formando parte de un bosque.

Cierto día de otoño, vio acercarse en la lejanía a un hombre que parecía ya viejo, como él mismo. El hombre, con paso cansado y lento se fue acercando poco a poco hasta que llegó junto a él. Dejó en el suelo una bolsa que llevaba colgada del hombro. Miró el horizonte a su alrededor y dijo:

“En todo cuanto mi vista alcanza a ver no hallo motivo alguno para seguir viviendo. Todos mis seres queridos se marcharon ya, estoy sólo, nadie se preocupa por mí, mi vida no tiene ya sentido. Lo mejor es acabar pronto.

Y agachándose a su bolsa la abrió y sacó de ella una soga que llevaba guardada, miró al árbol y buscó una rama que le pareciera lo bastante fuerte.  Lanzó la cuerda alrededor de la rama e hizo un lazo en un extremo. Buscó unas piedras grandes y las apiló bajo la cuerda, subió sobre ellas y se pasó el lazo alrededor del cuello.

Miró a la lejanía por última vez antes de saltar desde las piedras, y cuando iba a hacerlo escuchó que el árbol le decía:  ¡detente insensato!, ¿qué vas a hacer?, ¿es que acaso crees que tu vida te pertenece? Deja de medirte por lo que recibes y comienza a pensar en lo que debes dar, que no se te concedió el don de la vida para que dispusieras de ella sino para que a través de ella generaras más vida y contribuyeras a que ésta se ampliara y perfeccionara. Quizá tu soledad sirve para que otros sean capaces de valorar la compañía que tienen. Puede ser que tus lágrimas rieguen algunos corazones secos en los que de otro modo no podría brotar ni el más pequeño sentimiento. Tu vida no es tuya, amigo, tú eres de la vida, todos somos de la vida, somos la vida misma que vive en nosotros, ¿cómo sino podría existir ésta? El sentido de vivir no es recibir sino dar, y en ese dar recibes, pues eres tú quien se da.

El viejo no podía creer lo que estaba oyendo, pero aún le resultaba más increíble sentir que le importaba a alguien, parece que no estaba tan solo como creía. Notó que el corazón se le aceleraba y las piernas comenzaban a temblarle, y se dio prisa en quitarse el lazo del cuello y bajar al suelo mientras los ojos le brotaban como manantiales junto al viejo tronco, sollozando desconsoladamente.

Estuvo un tiempo dando rienda suelta a su emoción, y cuando al fin consiguió calmarse un poco se incorporó, abrazó el grueso tronco del anciano árbol y le dio las gracias por haberle salvado de su propio egoísmo. A partir de ese instante se pondría al servicio de la vida, haría cosas por los demás en vez de esperar a que los demás las hicieran por él, se volvía a sentir precioso, útil y amado.

El viejo recogió sus cosas y se alejó por el camino por el que había llegado, pero esta vez su paso era firme y decidido. Ya lejos se paró y volvió la vista hacia el árbol para mirarlo por última vez. Le pareció distinto, algo había en él que había cambiado. “Será mi estado de ánimo”, se dijo a sí mismo.

Al mismo tiempo, el anciano árbol le daba también las gracias al viejo, mientras que con los últimos rayos de sol contemplaba cómo un pequeño retoño nacía junto a él, justo donde las lágrimas del viejo regaron la tierra.

3 comentarios:

Alma dijo...

Los seres aprendemos los unos de los otros y crecemos juntos, es tan hermoso!!!la vida es la propia creacion qué se crea a sí misma y se regala, compartiendo, a veces negándose, regalando, amando, de mil formas, pero lo importante es vivir cada instante para poder SER!!! un SER que crece a cada instante.

_ SILVIA ó N-a-s-a _ dijo...

Como siempre mi corazon se emociona y lo siente en sincronia...gracias por estas palabras

Cristina Mena dijo...

precioso relato! no sabía que escribías relatos tan bellos! me atrapó desde el principio, sabía que la historia iba a tener un buen final, pero... lo que no imaginaba es la claridad de pensamiento que has desenvuelto para llegar hasta ese final, increible esta disertación sobre la vida de la propia vida, precioso Luciano, de veras, hasta la última linea emociona! un abrazo grande!