10 abril 2013
22 marzo 2013
El árbol solitario
Desde que era capaz de recordar siempre había
estado solo. Algunas veces, no obstante, tenía pequeños atisbos de sucesos muy
lejanos, como flashes que le transportaban a momentos de gran angustia en los
que unos hombres armados con unas máquinas que parecían rugir segaban la vida a
los enormes y longevos árboles que eran su pueblo. Él era tan pequeño que ni
siquiera repararon en su existencia, quizá por eso se salvó… No sabía si era
una pesadilla o un recuerdo real.
Su vida transcurría en la cima de su montaña, bajo
el sol implacable unos días, el agua justa para mantenerlo con vida y el viento
casi siempre constante que obligaba a sus raíces a agarrarse fuertemente a la
tierra para no ser arrancado. No se podía decir que su vida fuera fácil.
No obstante se sentía satisfecho y agradecido.
Gracias a él muchos caminantes que pasaban por allí eran capaces de orientarse
en su camino, era como un faro para ellos. Algunos, se acercaban hasta él para
contemplar el horizonte y aprovechaban para descansar a su sombra, apoyados
contra su ya viejo y arrugado tronco. Algunas avecillas habían hecho sus nidos
entre sus fuertes ramas, mientras que algunos pequeños animalillos venían a
visitarlo y a comer del alimento que de él caía.
“No me puedo quejar”, se decía a sí mismo, después
de todo no estoy tan sólo y, además, parece que soy útil a muchos otros seres…
Mas eso no le evitaba pensar de vez en cuando qué agradable sería vivir
formando parte de un bosque.
Cierto día de otoño, vio acercarse en la lejanía a
un hombre que parecía ya viejo, como él mismo. El hombre, con paso cansado y
lento se fue acercando poco a poco hasta que llegó junto a él. Dejó en el suelo
una bolsa que llevaba colgada del hombro. Miró el horizonte a su alrededor y
dijo:
“En todo cuanto mi vista alcanza a ver no hallo
motivo alguno para seguir viviendo. Todos mis seres queridos se marcharon ya,
estoy sólo, nadie se preocupa por mí, mi vida no tiene ya sentido. Lo mejor es
acabar pronto.
Y agachándose a su bolsa la abrió y sacó de ella
una soga que llevaba guardada, miró al árbol y buscó una rama que le pareciera
lo bastante fuerte. Lanzó la cuerda
alrededor de la rama e hizo un lazo en un extremo. Buscó unas piedras grandes y
las apiló bajo la cuerda, subió sobre ellas y se pasó el lazo alrededor del
cuello.
Miró a la lejanía por última vez antes de saltar
desde las piedras, y cuando iba a hacerlo escuchó que el árbol le decía: ¡detente insensato!, ¿qué vas a hacer?, ¿es
que acaso crees que tu vida te pertenece? Deja de medirte por lo que recibes y
comienza a pensar en lo que debes dar, que no se te concedió el don de la vida
para que dispusieras de ella sino para que a través de ella generaras más vida
y contribuyeras a que ésta se ampliara y perfeccionara. Quizá tu soledad sirve
para que otros sean capaces de valorar la compañía que tienen. Puede ser que
tus lágrimas rieguen algunos corazones secos en los que de otro modo no podría
brotar ni el más pequeño sentimiento. Tu vida no es tuya, amigo, tú eres de la
vida, todos somos de la vida, somos la vida misma que vive en nosotros, ¿cómo
sino podría existir ésta? El sentido de vivir no es recibir sino dar, y en ese
dar recibes, pues eres tú quien se da.
El viejo no podía creer lo que estaba oyendo, pero
aún le resultaba más increíble sentir que le importaba a alguien, parece que no
estaba tan solo como creía. Notó que el corazón se le aceleraba y las piernas
comenzaban a temblarle, y se dio prisa en quitarse el lazo del cuello y bajar
al suelo mientras los ojos le brotaban como manantiales junto al viejo tronco,
sollozando desconsoladamente.
Estuvo un tiempo dando rienda suelta a su emoción,
y cuando al fin consiguió calmarse un poco se incorporó, abrazó el grueso
tronco del anciano árbol y le dio las gracias por haberle salvado de su propio
egoísmo. A partir de ese instante se pondría al servicio de la vida, haría
cosas por los demás en vez de esperar a que los demás las hicieran por él, se
volvía a sentir precioso, útil y amado.
El viejo recogió sus cosas y se alejó por el
camino por el que había llegado, pero esta vez su paso era firme y decidido. Ya
lejos se paró y volvió la vista hacia el árbol para mirarlo por última vez. Le
pareció distinto, algo había en él que había cambiado. “Será mi estado de
ánimo”, se dijo a sí mismo.
Al mismo tiempo, el anciano árbol le daba también
las gracias al viejo, mientras que con los últimos rayos de sol contemplaba
cómo un pequeño retoño nacía junto a él, justo donde las lágrimas del viejo
regaron la tierra.
Por
Luciano Gil
en
21:19
2
comentarios
Etiquetas:
Cambio,
Conciencia,
Cuentos,
fábulas,
Humanismo Sanador,
Sentires del alma
17 marzo 2013
Alma mía...
Alma mía,
te busco en cada instante de mi vida
en todo cuanto hago,
en todo cuanto siento,
en mi más escondido pensamiento...
Déjate ya encontrar,
no permitas que me pierda más de tí,
ven a mi encuentro,
aproxímate a mí, no estés tan lejos,
que mis pesadas alas
apenas pueden emprender el vuelo...
Por
Luciano Gil
en
21:37
2
comentarios
Etiquetas:
Cuentos,
Oraciones,
Poemas,
Sentires del alma
15 marzo 2013
14 marzo 2013
Asumir nuestra divinidad
No estoy en contra de nadie pero sí a favor del Dios interior que hay en lo más profundo de cada ser humano. La verdadera espiritualidad práctica -la teórica ya no nos sirve- es aquella que ayuda a que cada ser tome conciencia de quién es y lo viva, no aquella que se empeña en seguir siendo el intermediario imprescindible entre Dios y el hombre.
A muchas personas les cuesta asumir su parte de divinidad y prefieren seguir siendo dirigidas, todos necesitamos un apoyo en un momento puntual, pero la verdadera guía y el definitivo apoyo están en nuestro interior esperando ser realizados...
Por
Luciano Gil
en
12:35
2
comentarios
Etiquetas:
Autoayuda,
Conciencia,
Nueva Era,
Unidad
27 febrero 2013
Los trabajos de Hércules - El Zodíaco
Aquel que preside miró hacia adelante, a los hijos de los hombres, que son los Hijos de Dios. Él vio la luz de ellos y el lugar donde estaban parados sobre el Sendero de retorno al Corazón de Dios. La Senda recorre un círculo a través de los doce grandes Portales y, ciclo tras ciclo, los Portales se abren y los Portales se cierran. Los Hijos de Dios, que son los hijos de los hombres, caminan por allí.
Poco clara es la luz al principio. Egoísta la tendencia de la aspiración humana, y oscuros los actos resultantes. Lentamente los hombres aprenden y, aprendiendo, pasan entre los pilares de los Portales una y otra vez. Lerda es la comprensión, pero en las Antesalas de la Disciplina, encontradas en cada sección de la cósmica extensión del círculo, la verdad es lentamente comprendida; aprendida la lección necesaria; la naturaleza purificada y enseñada hasta que se ve la Cruz –esa Cruz fija y a la espera, que crucifica a los hijos de los hombres, prolongada en las Cruces de los que sirven y salvan.
Del conjunto de hombres, un hombre se adelantó en los días de la antigüedad y sorprendió el ojo vigilante del Gran Anciano que preside eternamente dentro del Concilio de la Cámara del Señor. Se volvió hacia el que estaba de pie cerca suyo y dijo: "¿Quién es esa alma sobre el Sendero de la vida, cuya luz puede ahora ser vista oscuramente?”.
Rápidamente llegó la respuesta: "Esa es el alma que, en el Sendero de la vida, experimenta y busca la clara luz que brilla desde el Alto Sitio".
"Déjala proseguir sobre su senda, pero vigila sus pasos".
Los eones velozmente continuaban su curso. La gran rueda giraba y, girando, traía el alma que buscaba sobre el Sendero. Después, llegó un día en que Aquel que preside el Consejo de la Cámara del Señor atrajo nuevamente al círculo de Su radiante vida al alma que buscaba.
"¿De quién es esta alma sobre la Senda de sumo empeño cuyo resplandor oscuramente se distingue afuera?” Llegó la respuesta: "Un alma que busca la luz de la inteligencia, un alma que lucha".
"Dile de parte mía que vuelva a la otra senda y luego que viaje alrededor del círculo. Entonces encontrará el objeto de su búsqueda. Vigila sus pasos y, cuando tenga un corazón comprensivo, una mente anhelante y una mano diestra, tráemela".
Nuevamente pasaron los siglos. La gran rueda giró y, girando, llevó a todos los hijos de los hombres, que son los Hijos de Dios, sobre su senda. Y mientras estos siglos pasaban, un grupo de hombres emergió y lentamente cambiaron a la otra senda. Ellos encontraron el Sendero. Pasaron los Portales y se esforzaron hacia la cima de la montaña, y hacia el lugar de muerte y sacrificio. El Maestro vigilante vio un hombre emerger de esta multitud, subir a la Cruz fija pidiendo hazañas que cumplir, servicios que rendir a Dios y al hombre, y buena voluntad para recorrer el Sendero hacia Dios. Se paró delante del Gran Ser que Preside, el cual trabaja en el Concibo de la Cámara del Señor y oyó adelantarse una voz:
"Obedece al Maestro en el Sendero. Prepárate para las últimas pruebas. Pasa a través de cada Portal y en la esfera que ellos descubren y guardan, ejecuta el trabajo que convenga a su esfera. Aprende así la lección y empieza con amor a servir a los hombres de la tierra". Luego le llegó al Maestro la palabra final: “Prepara al candidato. Dale sus trabajos a realizar y coloca su nombre sobre las tablas de la Senda viviente".
(El tibetano)
Por
Luciano Gil
en
15:19
2
comentarios
Etiquetas:
Astrologia,
Cuentos,
Libros
22 febrero 2013
Nuestro nuevo espacio
Tenemos la inmensa alegría de presentaros nuestro nuevo espacio, "El Sentir de la Vida", donde compartiremos con vosotros todo nuestro hacer relacionado con la Astrología, el Arte Sanador y el Sentir Orante...
Esperamos que os guste y os enriquezca participar en este nuevo proyecto: http://sintiendovida.blogspot.com.es/
Por
Luciano Gil
en
15:01
0
comentarios
Etiquetas:
Noticias
Suscribirse a:
Entradas (Atom)






